Mochilero de Aventura

Viajes increibles, experiencias únicas

Montxi – Una visita por Nápoles


Viernes, 14 de abril de 2006

Para empezar el “caos”, llego de Munich con 20 minutos de adelanto. ¡Pero esto qué es! A ver, se supone que voy la capital europea (sino mundial) del caos y va el avión y llega con adelanto. Empezamos mal. Yo así no puedo. Como mucho que se retrase, pero adelanto… eso es un golpe bajo.

Bajamos a dos jardineras. El conductor arranca, acelera (no mucho), mete segunda, frenazo y… hemos llegado. Hemos recorrido aproximadamente 50 m… Descojono generalizado, claro. Y eso que casi todos son alemanes…

Nada más salir ya veo a un par de personajes (masculinos, se supone) con gafas enormes, camisas de pecho descubierto (ni un pelo en el mismo), pantalones vaqueros gastados y calzado moderno que te cagas, de pastón, supongo.
Y luego se empieza a intuir el caos, pero la verdad es que en la zona del aeropuerto no es grave.

Llegan Francesca y el Punky, o al menos un tío gordo que se parece mucho a él. Como va con ella, deduzco que efectivamente es él. O sus restos.

Conduce el Punky y Francesca guía. Lo que acaba significando que nos equivocamos un par de veces al principio y el Punky tiene que hacer uno de esos cambios de sentido que en España ni nos plantearíamos (en serio, en ese sitio, no): calle de dos vías en cada sentido con tráfico continuo y no precisamente lento, además de una incorporación justo enfrente de donde damos la vuelta… Pero se hace. Y nadie duda. Ni siquiera yo. Eso sí, mientras tanto van discutiendo, que si me lo has dicho tarde, que si deberías saberlo, y en un tono que parece que se vayan a matar. Pero no te preocupes, es que el tono en Nápoles es siempre así…

Pero bueno, no pasa nada. Esquivando (¿o nos esquivan ellos a nosotros?) coches, motorinos, autobuses, peatones y baches (o más bien agujeros, de los gordos), llegamos a casa. Por el camino hemos pasado por delante de la famosa 167, la barriada de la que escribió el Punky y donde no hay que entrar ni a pedir la hora. Desde fuera no parece para tanto.

La casa mola. En la parte de atrás de la casa los padres de Francesca hicieron una especie de apartamento de un planta que está nuevecito y no se oye casi nada de las calles de alrededor (nada es imposible).

Cogemos otra vez el coche para ir al centro a dar la primera vuelta y cenar. Yo acojonado: ¿puedo llevar la cámara o me la van a robar? ¿Cómo llevo la pasta? ¿Documentación, tarjetas? Puedo llevarlo todo normalmente, no pasa nada. Entonces, ¿a qué venía meter tanto miedo? No entiendo, pero lo llevo todo.

Bajamos por la avenida noséqué (no recuerdo muchos nombres). Sigue imperando el caos. De hecho, aunque deje de mencionarlo, el caos está siempre presente, sobre todo en el tráfico. Son como los listillos españoles, pero a lo bestia. Siempre buscando el hueco, aunque éste esté en la acera o en el carril contrario y aunque lo que lleves sea un coche, no una motito, y siempre a toda leche, por supuesto. ¿Para qué ir despacio pudiendo ir rápido? ¿Y para qué voy a ir por ese camino con tantas curvas y demás pudiendo ir en línea recta? Es que los que diseñaron el tráfico en la ciudad y pusieron las líneas y las señales no tenían ni puta idea hombre, que no te enteras. ¡Es que sois de un pardillo los que no sois napoletaaaanos! El sentido común se respira por todas partes y el Punky dice que no les entiende…

En una de las calles se ha montado un pollo, creemos que por un choque. Hay un coche de lo que vendría a ser la Guardia Civil y otro de Municipales. Y una muchedumbre gritando y gesticulando como si se les hubiera muerto alguien, cosa que no creo que haya sucedido porque la verdad es que no se ve ningún coche tocado. O al menos no más de lo habitual. A todo esto, un par de mujeres de la muchedumbre le están echando una bronca a un poli que le tienen cagadito. Menos mal que su madre debía ser igual, aunque jamás con él, que si no se pega un tiro el pobre.

Resumiendo, que llegamos y aparcamos, como en cualquier otra ciudad. Bueno, más o menos. Aparcamos detrás del edificio donde curra Francesca. El edificio está en una de las calles principales, pero la calle de atrás no lo es tanto. De hecho hay un par de tipos sospechosos justo al lado de donde aparcamos. Pero, ¿de verdad lo vais a dejar aquí, con esos dos ahí? Sí hombre, sí. Este es uno de los sitios más seguros de la ciudad porque esto de al lado es un banco y tiene cámaras de seguridad, así que aquí no le van a hacer nada al coche. Me han convencido. Si ellos están convencidos, yo también.

Y ahora toca poner el antirrobo. Como es de esperar, no es como los que estamos acostumbrados a ver. Se trata de un grossen pepinen de hierro que cubre todo el volante y además lo bloquea contra el salpicadero. El Punky es incapaz de ponerlo, a pesar de utilizar todas sus fuerzas. Yo ni lo intento. Francesca lo hace a la primera y con una mano. Sin comentarios. La verdad es que ir con una tía así por la ciudad inspira confianza. Metro cincuenta y 45 kilos (estimados) de pura fuerza. Nos sentimos protegidos…

Empezamos el paseo. La primera impresión es que el aire me recuerda al de Cádiz, pero más sucio. La segunda es que hay mogollón de gente por todas partes. Y la tercera es que es una pena que la tengan hecha polvo, porque en buen estado debía ser espectacular, como La Habana. Me deja un poco fuera de juego que sean las 8 y pico y estén las tiendas abiertas, acostumbrado al horario estricto de los austriacos, pero esa es otra historia.

Damos un largo paseo por la zona más cercana al mar. Se confirman las sospechas de que debía ser espectacular. Acabamos cenando una pizza en un restaurante mas bien para turistas, pero suficientemente bueno. Eso sí, el Punky se rebota porque, en cuanto han detectado que no somos napoletanos, según él: nos han intentado colocar una mierda de mesa en la terraza (estaba llena), sólo le hablan a Francesca (¿no será que les entiende y le entienden mejor?), nos han intentado colar un botellón de agua cuando sólo queremos un poco, etc. Este tío está un poco estresao. El caso es que hemos cenado, y bien, que es lo importante.
La noche no da para mucho más y mañana promete ser un día duro, así que volvemos a casa tras otro paseillo. Por supuesto, las circunstancias de la vuelta a casa son las mismas. Lo de la hora es lo de menos.

Sábado, 15 de abril de 2006

Me dejan dormir, lo cual se agradece. Y me espera un croissant de chocolate para desayunar, lo cual se agradece más. De hecho, el croissant lo ha hecho Carmine, un pastelero que tiene alquilado el bajo de la casa de los padres de Francesca, cuya parte a atrás da justo a la casa de Francesca y el Punky.

Hoy Francesca bajará más tarde y a estas horas el tráfico es una locura (¿más?), así que vamos a ir en Pullman. No quepo en mi de gozo. ¡¡¡Voy a ir en Pullman, el sueño de mi vida, y es sólo mi segundo día aquí!!! Pero,… ¿qué leches es un Pullman, si puede saberse? Pues muy sencillo, el Pullman es el autobús. Ah,… y… ¿por qué lo llaman Pullman? No se sabe. Ah… vale… bien. Ya me callo.

Total, que el Punky y yo, solos y desamparados sin la Paki, salimos a la aventura. Llegamos a la parada del autobús y compramos unos billetes… en una tienda de comestibles.

Bueno, a ver si hoy hay suerte porque el otro día estuve dos horas esperándolo, dice el Punky. Pues sí, a ver si hay suerte. Hay suerte. Sólo esperamos unos 20 minutos. Y encontramos sitio para sentarnos. Eso sí, tarda hora y media, si no recuerdo mal, en llegar al centro. Y no es que sea lo que mejor huele del mundo. Pero no me quejo.

Seguimos con la visita turística a Nápoles. No voy a entrar en detalles porque tampoco soy muy bueno en arte y arquitectura, pero la verdad es que tiene cosas y sitios de interés histórico y artístico para aburrir. Impresionante la capilla de San Nomeacuerdo, donde está el “Cristo Velado” y otras esculturas.

Y entramos en el Monasterio de blablabla (otro Santo, seguro). Lo más impresionante es que es enorme y está en medio del casco antiguo de la ciudad. Incluye restos romanos que están desenterrando. Y el claustro azulejado. Muy bonito.

Y cuando estamos saliendo vemos a unos monjes, franciscanos para más señas. Y va el Punky y dice, “voy un momento a preguntarles si está mi amigo”. Y para allá que va. ¿Perdón? ¿Qué vas a preguntarles si está quién? Total, que sí, que está, así que le llamamos. Pero a ver, ¿me vas a explicar de qué dem… (aquí no puedo decir eso)… de qué narices estás hablando? Bien sencillo: de un polaco (de los de verdad, de Polonia) que estudiaba italiano conmigo en la escuela de idiomas. Y que es monje. Ah, claro, cómo no se me había ocurrido… Como decían en aquella película, ¿este tío, el Punky, desde cuándo es amigo nuestro? Pues no sé, de toda la vida. Ah, y… ¿por qué?

En fin, volviendo al asunto, el monje está, baja de sus aposentos a buscarnos (en camiseta, vaqueros y chanclas, qué poca seriedad) y nos da un rulo con sus llaves por todas las zonas no abiertas al público, acabando en la cocina de los monjes, con los demás monjes, algunos en hábito, comiendo pastel y, para rematar, ¡unos chupitos! ¡¡¡Pero qué está pasando aquí!!! ¡¡¡Esto no es serio!!!

Para aclarar dudas, la historia del monje en cuestión. El tío es hijo de una polaca (hasta ahí bien) y un diplomático español, para más señas de Toledo. Su padre era, a su vez, hijo de español (hasta ahí bien) y polaca afincada en Toledo. En fin, todo muy normal.

Y no sé si es que tuvo alguna época de voto de silencio o algo así, pero el caso es que el tío no calla. Y el tiempo pasa… Y empieza a hacer hambre… Finalmente, nos salva Francesca, una vez más, llegando a Nápoles para poder salir del monasterio. Pero ya es tarde para comer seriamente, así que picamos algo y listos. Me muero. Pero no me quejo.

Menos mal que vamos inmediatamente a ver el altar dedicado a Maradona. Eso reconforta a cualquiera, aunque no sea “creyente”.
Seguimos pateando la ciudad, que es grande y tiene mucho que ver. Y de paso nos pateamos (puestos a patear) las calles comerciales del centro, llenas de tiendas pijas y caras.

Luego nos dirigimos hacia Posílipo, el cabo al norte de la ciudad donde vive la gente bien. Gracias a Dios a alguien se le ocurre coger un autobús. Terminamos cenando, muy bien, en un restaurante guay al borde del mar. Debe ser un sitio de esos que conocen los napoletanos pero no los guiris, porque turista, lo que se dice turista, sólo estoy yo.

Mientras hemos hecho todo esto, el Punky ha hablado un par de veces con otro amigo suyo, Bruno, preparando el plan del domingo. Resulta que también es amigo de un arquitecto que hace de guía turístico. Pues bien, el domingo tiene un excursión de florentinos y van a ver varias ruinas grecorromanas que hay al sur de Nápoles, pasando por la costa amalfitana, que debe ser muy bonita. Total, que el tío nos va a colar en el autobús por la patilla. Sólo tendremos que pagarnos la comida. Eso sí, hemos quedado a las 8 de la mañana en el centro, lo que significa levantarnos a las 6… ¡Esto sí que son vacaciones!
Debido a todo lo anterior, nos vamos a dormir después de cenar.

Domingo, 16 de abril de 2006

Efectivamente, nos levantamos a las 6. Y vamos de nuevo en Pullman al centro. Aunque parezca increíble, esta vez va a tope. Son polacos (de los de verdad, de Polonia) que van a llevar paquetes al autobús para enviarlos a Polonia…
Hemos quedado en un Hotel. El colega aparece bastante puntual y empezamos a seguirle. Y le seguimos. Y le seguimos… Total, que nos pegamos 15 minutos de pateo hasta donde está el autobús. Alguno se preguntará, ¿y por qué no quedasteis directamente en el autobús? Buena pregunta…

Por cierto, resulta que el autobús no es de la “organización” del amigo del Punky, sino de los florentinos, que han venido en él desde Florencia. El organizador es amigo del tal Bruno y le ha pedido que les haga de guía. Y nosotros ahí… acoplados… en el autobús que han montado los de Florencia… que son todos de una especie de club cultural… y nosotros ahí… acoplados, insisto. Por cierto, menos una pareja joven, los demás son tirando a excursión del IMSERSO… Pero nos acogen muy bien.

Vamos a visitar las ruinas de Pestum y Velia, pasando por la costa amalfitana y con un guía de los que saben, así que todo muy bien. Esta parte la resumo así de brevemente porque realmente, como ya he dicho, no estoy capacitado para más.
En la comida nos toca con la pareja de jóvenes (que por cierto, no son pareja pero son amigos desde hace muchos años y van juntos a todas estas movidas… no sé yo…). Pues eso, que nos toca con ellos y con una abuelita muy maja y un poco borrachina que se quiere ligar al Punky. Delante de Francesca… Yo hablo poco y los demás mucho, en italiano. Sobre todo de política (acaban de ser las elecciones). Una cosa me queda clara: en Italia nadie vota a Berlusconi. Pero gana. O al menos manda. Se lo ha montado bien.

Cuando empezamos la vuelta, nos informa el organizador de que no da tiempo a hacer la última visita, pero que a cambio el conductor a aceptado ir a Amalfi… ¡¡¡Aplausos y vítores para el organizador!!! ¡¡¡Esto es la repanocha!!! ¡¡¡El sitio es la leche!!! ¡¡¡Vamos a flipar!!! Están todos encantados.

Mientras vamos, me echo una cabezadita más (como cada vez que hemos subido al autobús). Cuando despierto estamos entrando en Nápoles y no hemos ido a Amalfi. Pero no pasa nada. Nadie pregunta, nadie se queja,… pero, ¿no era tan genial? ¿no estabais todos encantados? Y en cambio, ahora resulta que no vamos, ¿y tan panchos? Ich flippe aus (yo flipo, en alemán).
Llegamos a las ocho de la tarde de nuevo a Nápoles y, a pesar de que un paisano nos ha dicho esta mañana que sólo hay interurbanos hasta las 12, lo intentamos. La estación de interurbanos está vacía. Aún así, Francesca va a preguntar a un conductor de los urbanos, que son otra empresa, están al lado y sí funcionan. El tipo no tiene ni papa, tal como había anticipado el Punky…

Así que tenemos que coger (tomar) el urbano que más cerca nos deje. Es fácil, el que va a la 167, la barriada en la que no hay que entrar ni para pedir la hora. Pero, no vamos a entrar, ¿verdad? No, no, nos bajamos antes de que entre, en la avenida, y el resto a pata. Un par de kilómetros. Sólo… Está bien. Prefiero eso a entrar ahí.
Nos subimos al Pullman y allá que vamos, a la aventura, sin saber qué recorrido hace, qué paradas tiene, ni ná de ná. Mantengo la compostura. Debo ser fuerte.

Francesca pregunta al conductor del autobús, el cual le contesta que no se preocupe, que vaya con él hasta el final y él luego la lleva a casa, que está jubilado y no sé cuántas cosas más. Sin comentarios. Por cierto, es el autobús con mayor número de robos de Nápoles, por si faltaba algo. Me parto.

Como era de esperar, nos bajamos en plena 167. Sé que esto no ha sorprendido a nadie. Para estar más tranquilos, Francesca pregunta a los dos tipos nada pero que nada sospechosos que se bajan con nosotros que nos indiquen el camino, dejándoles por si acaso bien claro que no tenemos ni p. idea de dónde estamos… No os preocupéis, nos dicen, que nosotros también vamos hacia allí. Y nosotros claro, les seguimos. A dos desconocidos. En el barrio más chungo de Nápoles. ¿La ciudad más chunga de Europa? Pero no pasa nada, porque mi sentido arácnido me dice que vamos en la dirección correcta, así que quizá no sean mala gente. ¡Que soy un malpensado! Eso sí, no te dediques a controlar sus movimientos porque tienes que ir mirando al suelo para no pisar una jeringuilla de las que hay por ahí tiradas…

Caminamos un buen rato siguiendo a los tipos y, oh sorpresa, llegamos a casa y los tipos no nos han hecho nada. Eso sí, llegamos por un sitio distinto al que yo pensaba. Buen sentido arácnido. Menos mal que no tengo que hacer de superhéroe.
Esa noche duermo bien.

Lunes, 17 de abril de 2006

No madrugamos excesivamente. No madrugamos en absoluto, de hecho. Y desayunamos.
Pero de las emociones fuertes no me libro. Hoy toca visitar el barrio “alto” de Nápoles y en transporte público es un coñazo, aparte de que no hay, pero eso es un detalle sin importancia. Así que la mejor forma de hacerlo es en motorino (scooter). El Punky y yo y conduciendo él.

Es curioso, tanto que se queja de estos chalados y él conduce como ellos… Se cree que está en Aranda… Y que es Valentino Rossi…

Pues ahí vamos: dos tipos en motorino, conduciendo como locos y con casco. 100% de papeletas para que nos tomen por sicarios. O más.

Casi al principio nos encontramos con una procesión que ha montado un atasco ligerito. Hay un guardia controlando el tráfico. El Punky pasa de él y tira pa’lante. Y se mete en la procesión, entre la gente, a toda leche y no pita porque le pido, le suplico, que se lo tome que calma. Si no ha notado mi tono de súplica seguro que sí ha notado mis garras clavándose en sus riñones.
Pero está claro que Dios está con nosotros este fin de semana, quién sabe por qué, porque no nos hacen nada.
Llegamos al barrio objetivo. Este está bastante bien. Aquí sí que se podría vivir. Eso sí, sin salir de él…
Luego visitamos la Cartuja y damos una vuelta. El Punky aprovecha para encontrarse a alguien más. Esta vez es una chica, napolitana, según el Punky la extranjera que mejor habla español de todos los que conoce. Según un amigo de Francesca que intentó ligársela, lesbiana. Je, je. El caso es que está con un tipo que tiene toda la pinta de ser su novio. Su hermano no es, eso seguro. Y si es un amigo, es muy buen amigo.

Bajamos en el motorino a comer en alguna de las pizzerías más famosas. Casi todas están cerradas y en las dos que no, hay un pequeña cola… Pero decidimos hacer cola en una de ellas. Esperamos hora y media. De pie. Lloviendo. Pero nos sacan algo de picar de vez en cuando. Es decir, que para rematar, cuando nos toque, ¡ni siquiera tendremos hambre! Casi hasta se nos cuelan unos japoneses…

Pero finalmente nos sentamos y comemos. Y la verdad es que la pizza está muy buena. Al principio parece que la han sacado sin terminar, pero según vas avanzando está cada vez mejor. Resumiendo, que había que hacerlo.
Volvemos a casa en el motorino. Ya ni tiene emoción. O a lo mejor es que es la hora de la siesta y hay muchos menos coches. El caso es que llegamos tranquilamente.

Termino la maleta y me llevan al aeropuerto. La tontería de aparcar sirve de excusa para la última… conversación animada… entre la Paki y el Punky. Hay una zona donde puedes aparcar media hora gratis y la forma de controlarla es, una vez más, una demostración de sentido común: tú aparcas, escribes en un papel la hora a la que llegas, lo dejas en el salpicadero y te piras. La conversación animada es porque el coche de delante está mal aparcado. El hueco que queda para el nuestro es el último. El Punky opina que lo dejemos entre las rayas correspondientes para que no se ponga nadie detrás, en el medio hueco que queda, y la líe. Por supuesto, Francesca lo arrima al de delante, dejando el medio hueco de detrás. Y también por supuesto, antes de que hayamos terminado de descargar (una maleta, la mía) ya ha aparcado uno detrás, en el medio hueco, con medio coche saliéndose. El Punky se sube por las paredes.

El caso es que el aeropuerto funciona bien. O al menos a mi. Hay algo de cola, no más que en Barcelona, Madrid, Munich, etc. Aunque mucha más que en Linz… Facturo sin problemas y paso a la zona de embarque. Los pobrecitos se quedan muy tristes. Habrá que volver.

Y para rematar, llego otra vez con 20 minutos de adelanto a Munich…
Sólo me quedad decir, „Die spinnen die Neapelischer” (Están locos estos napolitanos…).

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2 comentarios el “Montxi – Una visita por Nápoles

  1. David
    junio 17, 2008

    Por pura casualidad he llegado a los dos posts sobre Nápoles (más vale tarde que nunca). Creo que lo has descrito genial. Yo tuve una experiencia similar en Nápoles en 2004, sólo que yo las cosas chungas no sólo las vi sino que las viví en carne propia. No llegué a visitar la 167, pero me alojaba cerca de Via Forcella y eso, claro, significa emociones fuertes, sobre todo de noche y cuando vas solo por la vida… Un saludo desde Barcelona.

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